martes, 21 de marzo de 2017

"Conocer es llegar a ser un poco más libres"

Mi destino y el de Raúl Fernández Cobos (Oviedo, 1985) han sido tangentes en más de un punto. Fuimos compañeros en la carrera de Física, a los dos nos picó el gusanillo de la Cosmología, y la casualidad hizo que ambos acabáramos formando parte del experimento QUIJOTE, él en Instituto de Física de Cantabria, donde sigue trabajando, y yo en Tenerife. Pero nuestras afinidades van más allá de lo académico: en los tiempos en que estudiábamos ya nos confesamos mutuamente nuestras filias literarias, inclinadas hacia la ciencia ficción por su parte (plasmadas en su incombustible blog, Soñando con Marte), y a la perpetración de poesía por la mía. Los adictos siempre buscan aliados en su enfermedad, así que un día le presté un poemario de Luis Alberto de Cuenca. Sabía que de aquella semilla algo había fructificado, porque años más tarde un congreso nos reunió y (alcohol mediante) se atrevió a leerme algunos de sus poemas. Poco después ganó el áccesit del Premio José Hierro en la categoría de poesía con La noche en que murió Charlie (El Desvelo Ediciones, 2014). Pero grande ha sido mi sorpresa al abrir su nuevo poemario Areografía (Editorial I filo SOFÍA, 2016) y descubrir que me señala como una de las culpables de despertar al creador de versos que sin duda siempre hubo en él. Así que no puedo evitar sentirme un poquito responsable de este hijo marciano de Raúl.


Son muchas las cosas que he aprendido leyendo el libro de Raúl, empezando por el mismo título: areografía es la geografía de Marte. Una geografía con nombres inspiradores (Albor Tholus, Kasei Vallis…) que le sirven de excusa para hablar del ser humano, de ciencia e, inevitablemente, de sí mismo. Para conocer mejor qué encierra su particular paisaje marciano, nos ha respondido a estas preguntas.

P. En tu libro hablas de Marte como un paisaje que en el pasado (o un tiempo inconcreto del que se habla en pasado) hubiera estado habitado, y por una población no precisamente de bacterias, sino por una sociedad con una gran carga simbólica, que guarda muchos paralelismos con la especie humana. ¿Qué significa Marte para ti y quiénes lo habitan?

R. En realidad, he querido presentar aspectos marcianos y humanos suficientemente semejantes como para que resulte fácil tender puentes metafóricos entre ambas realidades, y a la vez, suficientemente distantes como para generar un extrañamiento en el lector. Ambas sociedades habitan un equilibrio precario. Los marcianos de Areografía son un claro homenaje a Ray Bradbury y a la vez un laboratorio de ensayo, un simulador de humanidades.

P. En un momento dices “las tierras, lejos de ser fijas, mostraban temperamento y eludían el arte cartográfico”, como si el planeta fuera en realidad un ser dotado de carácter. ¿Un guiño al Solaris de Lem?

R. Veremos en el poemario que muchos pasajes se resisten al determinismo interpretativo. Aunque sin duda está presente, la alusión al organismo colectivo es solo una de las posibles lecturas —Marte tiene una gran personalidad que se proyecta en casi todos los poemas—. La cita que mencionas pretende ser un extracto de una epopeya clásica en que se señala el carácter simbólico del espacio como experiencia (marciana, en este caso); que los mapas son sensibles, además de a una cartografía estrictamente física, a una concepción del espacio sociológicamente determinada y propiciada por los mitos.

P. Todo el poemario destila cierta melancolía, presentando a Marte como un paisaje para la nostalgia. La pérdida que lamenta es interpretable de diversas maneras. Una puede ser que, a pesar de que hay bastantes indicios de que en el pasado hubo agua líquida, soñar con un Marte habitado tiene ya de hecho el encanto de lo anacrónico: la ciencia nos ha dejado bastante claro que (a menos a día de hoy) no vamos a encontrar allí a los famosos hombrecillos verdes. ¿Saber demasiado de Marte nos ha privado del sueño de Marte, o ha multiplicado nuestra capacidad de imaginarlo? ¿La ciencia roba posibilidades a la imaginación?

R. Se oye a menudo que la ciencia, en su acercamiento a una realidad objetiva y material, acaba con el viejo espíritu romántico. Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con ello; creo básicamente que lejos de apagarlo, el conocimiento científico actualiza este romanticismo desplazándolo al panorama que se nos abre con nuevos indicios y, sobre todo, preguntas. Tenemos sobrada capacidad imaginativa como para adaptarnos a los nuevos escenarios, que además constituyen un reto: todo un universo de posibilidades. En el caso de Marte, los datos recogidos en las diferentes misiones espaciales nos han permitido descender a sus lugares, acceder al tiempo marciano, a la realidad histórica de sus procesos geológicos. En realidad, lejos de privarnos de él, los avances científicos nos han abierto un nuevo mundo, lo han vuelto más real.

P. En el libro citas a grandes autores de ciencia ficción, como Kim Stanley Robinson o Ray Bradbury, y algún guiño a Philip K. Dick. Supongo que eres consciente de que para muchos la ciencia ficción es una especie de “hija adolescente y rarita” de la literatura. ¿Qué tendrías que decirles a aquellos que la consideran un género menor?

R. Que le den una oportunidad. Tanto si buscan entretenimiento, como profundidad, encontrarán títulos que se ajusten a sus preferencias. Si no les gusta el espacio, no importa. La ciencia ficción es lo suficientemente amplia como para ofrecer todo tipo de escenarios, incluso realistas (más de lo que imaginamos). Lo bueno de este género es que ofrece unas posibilidades inmensas para explorar en lo humano, en lo de siempre, desde el contraste con lo nuevo. No voy a negar que algunos clásicos del género ofrecen una pobre calidad literaria, pero no es prescriptivo; algunas obras como “Crónicas Marcianas”, “El invencible” o “Dune” son una delicia en este sentido. Hasta Pedro Salinas firma una novela de ciencia ficción. El género no está reñido para nada con la buena literatura.

P. Para muchos, el maridaje entre ciencia y poesía debe sonar a quimera, o incluso a contradicción. Sin embargo, en las notas del libro tú afirmas que “componer el poemario se asemeja a observar el cielo”. ¿Qué le aporta tu formación científica a tu visión del mundo en general, y a tu manera de escribir en particular?

R. Mi impresión es que la formación científica condiciona drásticamente nuestra concepción del mundo. Y no por favorecer una actitud filosófica determinada sobre las otras, sino más bien por ese acercamiento crítico que proporciona, por las herramientas que brinda el método científico a la hora de valorar nuevos planteamientos o elaborar opiniones formadas. Por supuesto, esta influencia se traslada a aspectos clave de mi forma de escribir, como las temáticas que abordo o las metáforas que adopto. En particular, la que señalas pretende relacionar la actividad pasiva del astrónomo, incapaz de recrear sus objetos de estudio en un laboratorio —y, por ello, resignado a recoger lo que llega del cielo—, con la recopilación de ideas e inspiraciones que dan lugar a un poemario.

P. Además de cosmólogo, escritor y poeta (redundancia que siempre me ha resultado graciosa), eres licenciado en Antropología. Una combinación que te convertiría en buen candidato a embajador de la especie humana si estableciéramos contacto con una sociedad alienígena. ¿Cuáles son para ti las características que retratan a una civilización? ¿Qué es lo que más te interesaría transmitirles a unos hipotéticos seres de otro mundo, y que información considerarías fundamental conocer de ellos?

R. Es una pregunta muy difícil. Tal vez, en este contexto, uno de los aspectos que más describen a una civilización es su actitud ante el contacto cultural, y nuestro pasado no deja mucho margen al optimismo. Asumir que podríamos comunicarnos con una especie alienígena, acceder a su mentalidad, no es nada trivial. Al carecer de ejemplos concretos, entramos en terreno resbaladizo. Pero sin duda, sería maravilloso tratar de entender qué motivaciones los mueven a vivir como quiera que vivan.

P. Tus intereses me recuerdan al título de Oliver Sacks “Un antropólogo en Marte”. Y, en realidad, un antropólogo es alguien que estudia a sus semejantes como si fueran algo extraterrestres, un sentimiento que todos albergamos en algún momento. ¿Qué es lo que te produce más extrañeza del ser humano?

R. Efectivamente, un antropólogo ha de promover cierto extrañamiento entre sus posicionamientos culturales y los de la comunidad que se proponga estudiar. Y viajar a Marte es una manera drástica de experimentar este sentimiento. Una de las peculiaridades del ser humano (y tal vez, de muchos otros seres vivos) que más llama mi atención es el fenómeno de la consciencia, la capacidad de saberse en el mundo y poder interaccionar con él; de imaginar, aunque sospecho que no del todo aprehender, una época previa y otra futura en que la realidad objetiva no le es accesible. El fenómeno es lo suficientemente extraño como para merecer el calificativo alienígena.

P. Decía Pessoa que “El binomio de Newton es tan bello como la Venus de Milo”. Pero añadía que “hay poca gente que se de cuenta de ello”. Tengo la impresión de que la ciencia es gran olvidada de la cultura. Aunque los científicos parecen gozar de un aura de prestigio, a la ciencia en sí se la ve como algo “misterioso” y “complicado” que sirve a un supuesto “progreso”, no como una forma de cultura que es bella y disfrutable por sí misma, como puede serlo la poesía. Por eso la idea de tu poemario es tan genial. ¿Cómo crees que se podría incorporar la ciencia a la comprensión global de la cultura?

R. A este nivel es muy importante la educación. Los niños son curiosos por naturaleza, es necesario estimular este impulso y mostrarles que las ciencias, lejos de ser la bestia negra del programa de estudios que se les impone, son una herramienta fundamental para entender las cosas que más les llaman la atención. Otro aspecto que creo que debemos trabajar, además de en poner de manifiesto la utilidad práctica de la investigación científica, es el de reivindicar el valor del conocimiento en sí mismo. Transmitir que conocer es vivir, es disponer de mayor número de recursos y llegar a ser un poco más libres. Hacer a la gente partícipe del placer de descubrir por uno mismo, aunque no se trate de nada innovador; de ser capaz de llegar a la conclusión por sí mismo, sin que se la den prefabricada.
También es necesario hacer un poco de autocrítica, en el sentido de que muchas personas perciben la ciencia como una preponderancia amenazadora debido a que no prestamos especial atención al discurso que utilizamos a la hora de divulgar resultados científicos. Deberíamos huir de fórmulas como “la ciencia dice” o “se ha demostrado científicamente” para acercar a la audiencia la problemática real en los términos en que se desenvuelve el método científico, huyendo del estigma del dogmatismo.

P. Hoy es el Día Internacional de la Poesía. ¿Alguna recomendación para futuros adictos?

R. Para aquellas personas que no se acaben de decidir a dar el salto de la prosa al verso, les recomendaría empezar con poesía más narrativa o de temática accesible, como yo mismo he hecho. Una recomendación en este sentido, y que me sirvió mucho en su momento, es Luis García Montero.